Constantemente recibiendo información,
muchas veces incomprensible, y molesta.
Analizamos cada uno de los estímulos que recibimos,
le damos un sentido,
un color,
un sonido,
una emoción...
Somos el reflejo de cada uno de los resultados.
Cada pensamiento,
cada preocupación,
cada alegría,
cada valor...
Cada juicio hacia lo ajeno es un juicio hacia nosotros mismos.
Enviamos continuamente el mensaje de lo que sentimos en nuestro interior, y regresa a nosotros, íntegro. Como un espejo.
Buscamos culpables de nuestros sentimientos negativos,
cuando en cambio nos hacemos los responsables de haber causado momentos de positiva estabilidad.
Porque nunca somos culpables de nuestro mal.
No nos hacemos daño a nosotros mismos; ¿cómo se nos ocurriría hacer algo así?
¿Cómo tener inseguridad? Son los demás quienes nos juzgan continuamente.
¿Cómo sentirnos solos? Son los demás los que nunca llaman.
¿Cómo infravalorarme? Es a todos los demás a quienes admiran.
Y entonces, cuando cae toda la negatividad sobre ti te lo preguntas, y te das cuenta, de que eres la primera persona en juzgarte, en no darte compañía, y en no admirarte por cada día de tu vida.
Y una vez más ¿Cómo se nos ocurriría hacer algo así?
No nos damos cuenta.
Nos esforzamos por estar y sentirnos bien;
y es el mismo esfuerzo el que provoca que estemos mal.
Buscando nuestra perfección, juzgamos la imperfección de otros, que en realidad no es suya, si no, enteramente nuestra; nuestro reflejo.
Somos todo lo que vemos.
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